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Viajar por libre a Japón. Día 8: Kanazawa

24 de Septiembre de 2019

Nos despedimos de Hiroshima más sabios, más pacifistas, más humildes y más humanos de lo que éramos ayer, decimos adiós a la que sin duda, ha sido la gran lección de este viaje.

Tenemos por delante un trayecto de cinco horas en tren bala, con transbordo en Kioto, para llegar a nuestro próximo destino, Kanazawa, una ciudad costera, situada entre el mar de Japón y los alpes japoneses, una ciudad con encanto pero prescindible en un itinerario de pocos días, que nosotros utilizamos para hacer noche, de camino a los pueblos más remotos de los alpes japoneses.

Bien pasado el mediodía llegamos a Kanazawa, que nos recibe amenazante de tormenta, como no sabemos muy bien como llegar al hotel, nos dirigimos al punto de información de la estación, aquí nos dicen los autobuses que están incluidos en el Jr Pass y que por lo tanto son gratuitos, nos indican la línea que nos llevará a nuestro hotel y nos facilitan un plano de la ciudad en Español.

Nos hospedamos en el hotel UNIZO INN Kanazawa, que podéis ver pinchando aquí, un hotel occidental, que tiene una relación calidad-precio muy buena, tras hacer el check-in y dejar la maletas vamos a perdernos por el mercado de Omicho.

Omicho Market es un mercado local de pescados y mariscos, donde existen un montón de restaurantes y tiendas, en los que se pueden degustar los bocados más frescos del mar de Japón.

Todos los pescados y mariscos se comen sin cocinar, se sirven bowl llenos de toda clase de productos del mar, totalmente crudos que la gente devora, nosotros aún somos incapaces de probar eso, así que nos decantamos por las tempuras que tiene un puestecito y que nos sentamos a comer, en las mesas comunes del mercado.

Con el estómago lleno vamos a perdernos por los barrios de samuráis de Kanazawa, que tienen casi el mismo encanto que los barrios de geishas y nos adentramos en las casas donde vivían estos guerreros.

Desde aquí cogemos un autobús, que nos lleva al Castillo de Kanazawa, famoso por su jardin Kenrokuen, considerado uno de los tres más bonitos de Japón y el principal motivo por el que nos hemos detenido en esta ciudad.

Compramos un ticket combinado para el castillo y los jardines, que cuesta 500 yenes (unos 5 euros).

El castillo es una visita que se puede omitir ya que no tiene nada interesante en el interior.

Pero los jardines son impresionantes, el día gris y la lluvia intermitente, no consiguen empañar su belleza, ni restarle el más mínimo encanto a este lugar creado para contemplar, soñar y disfrutar, unos jardines de cuento que te adentran en una historia de hadas, hobbits y geishas.

El autobús nos traslada de una historia a otra, de los jardines de Kenrokuen al barrio de geishas de Kanazawa, que como todos los barrios de geishas de Japón, son visita obligada.

Va cayendo la noche y muchos locales están cerrados. pero tenemos la inmensa suerte de ver geishas dentro de un taxi, son como estrellas fugaces es muy difícil verlas y si tienes esa fortuna, su aparición es tan fugaz que te dan ganas de pedir un deseo.

Volvemos caminando al hotel, en busca de algún sitio donde cenar, la mayoría ofrecen pescado y marisco fresco, pero fresco, fresco… vamos sin cocinar y nosotros todavía no tenemos el carnet de japoneses… aún somos incapaces de comer pescados crudos tan grandes y sin ningún aderezo.

Así es que, perdidos por un centro comercial cerca de Omicho Market, llegamos a un supermercado donde se puede comer a precios de saldo, los productos que no se han vendido en Omicho durante el día y nos pegamos un festín a tempuras de gamba y calamar, rollitos de primavera, patatas y bebida por un 6 euros.

Y de paso nos mezclamos con los japoneses de a pie, como a nosotros nos gusta y charlamos con el dependiente, que nos explica qué condimento echar a cada cosa.

De vuelta al hotel disfrutamos de un merecido baño, aunque hemos pasado la mitad del día en un tren, no hemos bajado la media de los 20 kilómetros diarios caminando, menos mal que mañana vamos a dedicar el día a ir de onsen en onsen, no os lo perdáis, porque creo que no existe nadie que haya probado tantos en tan poco tiempo.

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